Nanook, de Mariano Dupont

























ISBN: 978-987-20719-5-0
54 páginas
$ 700


I

Canto ahora las hazañas de Nanook,
el “Oso”, enorme cazador.


Nanook, el más alto, sí,
de esas tribus del Norte,
tribus que comparten, sin joderse,
la península de Ungava.


Hoy, 7 de marzo de 2007,
superviviente, canto, todavía,
Nanook, de esa tribu.
Tribu ejemplar, pongamos,
de lo dura, de lo fuerte,
pero que nunca, nunca, nunca llegará,
sin embargo, la tribu, canto,
a propagarse por el orbe.
Jamás.


Canto, decía, las hazañas de Nanook,
el “Oso”, en la península de Ungava,
“la tierra de los manes”.


Ahí está, pues, él, Nanook, eterno,
pura reciedumbre parpadeante,
parpadeante y bonachona.
Y alto, él, Nanook, canto.


Canto, sí, sus proezas,
las hazañas de Nanook, el más alto
de las tribus de Ungava.


Cuántos pliegues, como fosas,
de curtido, él, Nanook, canto, tiene.


Y trajinar y trajinar
y trajinar en inclemencias,
yendo para allá, o para acá (adonde sea),
que ni siente ya, Nanook, el reputado,
no siente un carajo.


Una piel remota, sí,
es el cuero primitivo de Nanook,
que acaso se adivina, o se lee, canto,
en su rostro nomádico, cantemos,
rostro de eras completísimas,
que ha tenido, se lo ve,
contactos con el viento,
la nevisca arreciadora, tremebunda.


[…]


Y enseguida Nyla, la sonriente Nyla,
la joven, jovencísima Nyla,
como una hija que fuera, Nyla,
pero no, hija no: le da hijos a Nanook,
Nyla, sí, le ha dado tantos:
no toca la docena la prole de Nanook,
pero por poco.


(Procrean, se verá, estos salvajes,
con puntualidad de cormoranes.)


Nyla, la sonriente Nyla, entonces, canto,
compañera de Nanook.
Como un halo, o cáscara, canto,
el borde de su parka ribeteada.


Y luego Nanook, de vuelta, enorme cazador,
en el centro mismo de su kayak.


Canto que rema, rema Nanook, el “Oso”,
hacia esas piedras, piedras verdes,
soñemos, pulidas por el agua.


El lago cerúleo, friísimo.


Se acerca, Nanook, y frena el kayak.
Y sale.


Y luego, en este orden, van bajando:


–Nyla
–Alee (el más pequeño)


Y luego más, más pequeños, canto:


–Okÿ (el cojo)
–Riúmak (la seria)
–Laka (la rápida)
–Peiko (el irascible)
–Káok (la misteriosa)
–Manoo (el heredero)


Todos, todos, salen de ahí,
como si los fuera así creando, él, Nanook,
reputado cazador, con los nombres adosados,
el mismísimo Nanook.


¡Y un cachorro siberiano!
(Coormak o Coormák,
sobre el fondo increíble…),
que sale como turbio, o vago, sí, el perrito,
por la nieve blanquísima.


Como un mago, canto, entonces,
un Copperfield del Ártico,
Nanook es, es eso.
Los pare, Nanook, parece,
pariéndolos va desde el vientre de su kayak.



II


Ah: prende, canto ahora, canto,
Nanook prende, habilidoso,
con el musgo de la tundra
(musgo, sí, que ramonea el bravo caribú,
cuando hay, como alimento)
y aceite de la foca que guarda en un tachito:
fuego pobre, pobrísimo, de garcha.


Y caminan, luego, todos,
los nueve más el cuzco, todos, canto,
cargando el orniak.


Al comercio con el blanco se dirigen,
a la usura no narrada.


Como un efecto
de realidad, o viceversa,
colgadas de unos palos
que surgen, enhiestos, del orniak,
las botas de piel de foca
se secan al “sol”.


[…]


Reman, reman, eh, cómo reman.
Rema, canto, la familia de Nanook.


Sí, cuelgan, ahora, en la costa,
las pieles como un manto, o muro,
al costado de la casa, casa blanca.


Cazó, Nanook, canto, siete osos polares,
nueve focas, con su arpón improvisado.


Despliegan, ahora, las pieles,
los hijos de Nanook, y troca, Nanook,
sus pieles por cuchillos, espejos y botones.


(Carece, claro, Nanook, carece y cómo.
Y desea poseer, por supuesto:
él, Nanook, también tiene derecho, ¿o no?
O tienen, mejor, porque son nueve,
nueve los que anhelan, canto.)


Y una mermelada enlatada de mosqueta,
rosa de.


Muestra, orgulloso, Nanook, al comerciante,
sus cachorros rodeados de piel blanca.